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Por Gregorio Barreto Viñoly

              Máguez es, ante todo, un pueblo abierto y rabiosamente verde que ha sabido integrarse en los tiempos actuales sin perder su tranquilidad y su corte tradicional. 

                Subiendo la Cuesta de Trujillo, camino histórico del Norte, cuantas mujeres y hombres pasaron por él, iban a Arrecife o venían de comprar o vender; se salía al anochecer para así llegar al «puerto» en las horas de lo mañana y dirigirse al Mercado o Recabo, para vender los productos que el campo del norte ofrecía. 

               Tras el color sufrido en lo subida, llega a la faz la suave brisa del norte conejero. A lo lejos se divisa el Volcán de la Corona y una multitud de parcelas cubiertas de manto verde con el producto de lo tierra fértil y laboriosamente bien trabajada por ese campesino. Vides, piñas, higueras, etc.; vergel todo que cubre y lleno lo visto. 

               Al norte aparecen un conjunto de barranquillos profundos que dan nombre al lugar: Las Rehoyas; las Peñas de los Cardos. Aquí la denominación es producto de destacar esta pequeña elevación con su correspondiente vegetación. 

            Atrás, Los Castillejos, que junto con el Valle de los Castillos, abierto al frente, nos indica la presencia de esos agudos salientes rocosos que llevan esta denominación y que incluso dieron nombre en un tiempo a toda esta zona.

           Y ante nosotros una mancha blanquecina, pura y mágica entre tanto verdor: Máguez. 

           Máguez aparece rodeada de montañas: Los Llanos, Los Helechos, Las Quemadas, La Mesa y La Atalaya, que la protegen de los inclemencias invasoras modernas, de técnicas agresoras de paisajes y de caracteres propios y sencillos de los habitantes de este pueblo. 

           El pueblo se concentra alrededor de la iglesia de Santa Bárbara y de La Sociedad, siguiendo un conjunto de casas alineadas o lo largo del trazado de los caminos, hay carreteras asfaltadas, que van a Yé, Haría, Arrieta o al Mirador del Río. 

          Pero lo bello de Máguez son las casas, llenas de flores y plantas ornamentales: mimosas, rosas, geranios, etc.; es el lugar de esparcimiento visual ante tanto verdor. Esas casas, con sus altos graneros y barbacanas de raigambre mozárabe. 

             Y los habitantes de Máguez, trabajadores, duros luchadores de la vida, emigrantes de nacimiento, sencillos y humildes, como esa tierra del Norte que sólo produce cuando se la trabaja con amor.

              

 
 
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Autores:  Oscar Torres  y  Jesús Perdomo