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Señor
Alcalde, Señor Presidente del Centro Democrático de Máguez,
Señores miembros de la Junta Directiva, vecinos, vecinas,
amigos, amigas y familiares, muy buenas noches a todos.
Sr. Presidente, deseo
expresarle mi gratitud por haberme concedido el honor de ser el
pregonero de estas fiestas.
A todas y a todos los
aquí presentes vaya por delante mi agradecimiento por
acompañarme en este acto tan entrañable y que da paso al
comienzo de lo que serán las “Fiestas de Santa Bárbara”.
Muchos son los recuerdos
que desde que tengo uso de razón permanecen en mi mente, unos con más
nitidez y otros parecen diluirse ya que el tiempo pasa inexorablemente.
El tiempo pasado es el que nos da la experiencia, nos define la
personalidad, nos hace reflexionar de cómo éramos y nos marca las pautas
de lo que queremos ser.
Pero hoy no he venido a
hablarles ni de presente ni de futuro, sino de tiempos pretéritos que
han forjado a lo largo de los años las vivencias que me ha tocado vivir
en este singular pueblo de Máguez.
A ti Santa Bárbara
bendita, cuya festividad conmemoramos, y a los que me escuchan, patrona
de Artillería, arquitectos, albañiles, cavadores de tumbas, de mineros,
bomberos, pirotécnicos, asesinada muy joven por tu propio padre por
abrazar la religión cristiana, les dedico este pregón a sabiendas de que
el pueblo de Máguez al igual que lo hacía cuando era un niño siempre
te venerará y te recordará.
No sería honrado por mi
parte si en estos momentos no recordara a mi padre, fallecido ya hace
once años.
Como saben los vecinos y vecinas de Máguez, mi padre dedicó gran parte
de su tiempo a esta Sociedad.
Permanece en mí el recuerdo de sus madrugadas para rellenar el libro de
la cuota de socios, para realizar las actas de las juntas, hacer las
invitaciones por las fiestas a las demás sociedades y autoridades, y
además todos aquellos escritos que hubiera que hacer. Mi padre, hombre
que sabía de cuentas, de caligrafía casi perfecta, gran lector, escribía
a máquina muy bien. Dicha máquina que se la trajo mi tío Juan Pepe de
Venezuela, todavía la conservamos. Animado por él y con un método que
tenía también aprendí a escribir con cierta fluidez, cuando tenía
unos trece o catorce años.
Mi padre como recordarán
los del lugar tuvo un bar enfrente mismo de esta Centro Democrático.
El destino quiso que naciera en “El Valle de las Diez mil palmeras”, un
trece de Abril de mil novecientos cincuenta y cinco en el seno de una
familia modesta, en la casa de mis abuelos maternos, Daniel y Francisca,
al lado de donde se encuentra actualmente el Centro de Salud de Haría.
María Luisa fue la que asistió a mi madre en el parto, mujer
experimentada en estas lides y que vivía muy cerca de donde nací.
De mi infancia en Haría,
en la Cruz, recuerdo a mis amigos, Anselmito, el hijo de Anselmo y a
Andrés Barreto Concepción, entre otros. Como anécdota les puedo decir
que Félix de León tenía un burro con cara de pocos amigos, como se diría
hoy día con mala milk. Pues bien, el citado burro estaba amarrado por un
lado de la casa y Andrés le hizo alguna mataperrería en sus partes
nobles. El burro le dio una coz en todo el pómulo, no sé si izquierdo o
derecho, pero todavía conserva la cicatriz de semejante patada.
En la jabonería que estaba
en la Cruz existía un carrito, supongo yo para cargar el jabón. Nosotros
disfrutábamos un montón montados en él, carro va carro viene.
Máguez, pueblo laborioso y
constante en sus obligaciones cotidianas marcaban el ejemplo de una
esplendorosa agricultura, por las cosechas de papas, por sus granos, por
sus excelentes vinos, por sus frutos secos (higos porretos, higos de
higuera), por sus tabacos, por sus cebollas, por sus tomates o por sus
extraordinarios quesos que se los vendían a unos comprantes de Ye.
La trilla era otra de las
actividades que recuerdo muy bien ya que desde muy temprano había que ir
recorriendo la vecindad para traer los burros o algún que otro camello
para formar la cobra. Siempre se les ponía un sálamo. A nosotros los
niños nos tocaba ir detrás de los burros para que mantuvieran el ritmo:
vueltas y vueltas….
El descamisado de piñas en
la era con esas montañas de millo parecía que nunca se terminarían. Por
la mañana temprano y por la tarde, con la fresca, eran las horas
apropiadas para realizar esta actividad.
Fueron nuestros
antepasados los que con tesón, esfuerzo y sacrificio y con la ayuda
inestimable de burros y camellos los que transformaron un paisaje de
piedras en terrenos agrícolas.
Posteriormente eran los
tiempos, en el que un grupo de muchachos fuertes llenaban el camión
de Marcelino o de Feliciano de arena o picón a base de pala. El picón
de La Capellanía, como saben muy bien las personas de Máguez, es el más
apreciado para la agricultura.
Fruto de la actividad
agrícola y económica en Máguez existían numerosas tiendas a saber: la de
Celestino, la de Juan Cejudo, Juan Rafael Betancort, Emilia, Juan
Villalba, Salvador Borges y Manuel Lasso.
Panaderías como la de
Pedro Pérez y Sebastián Fernández.
Zapateros como: Juan
Rafael Betancort y Jesús de León, José María García y Juan Pepe Acosta.
Barberos como Zenón
Luzardo.
Herrería como la de
Maestro Fermín.
Carpinteros como: Juan
Perdomo, Manuel Sicilia y Juan Curbelo
Existía una molina: la de
Ventura con Gregorio Figuera como molinero.
Yo nunca fui a la escuela
en Haría. Los quehaceres agrícolas de mi padre y de mi madre estaban en
Máguez y por consiguiente desde que tuve la edad siempre me llevaban a
las Escuela de arriba o de las Casillas (en la actualidad Aula de la
Naturaleza de Máguez).
Mi maestro, don Juan
Valenciano, que utilizaba un sombrero negro inclinado hacia delante que
casi le caía sobre los ojos. Gran maestro, de caligrafía impecable se
tomaba su tiempo para hacer aquellos trazos tan perfectos. Con él nos
iniciamos en la lecto-escritura y en el conocimiento de los números.
Yo soy zurdo hasta la
médula, sin embargo a base de cogotazos y de no sé cuántas cosas más,
consiguieron que escribiera con la derecha. Estaba muy mal visto que
una persona fuera siniestra.
De vez en cuando para estar acorde con los tiempos de disciplina férrea
se le escapaba algún coscorrón, entiendo yo, seguramente justificado.
Tengo muy presente a pesar de la corta edad, seis, siete años, la imagen
de su esposa, doña Rosario, cuando le llevaba a la escuela el café y de
paso El Maestro se fumaba su cigarrito que previamente liado lo
encendía.
Al lado, en otra aula,
teníamos a nuestras vecinas las chicas pero que con ellas no
compartíamos nada, porque “los chicos con los chicos y las chicas con
las chicas”.
Posteriormente vendría D.
Juan Berriel, maestro procedente de Mala.
Permanece presente en mi
mente la imagen de aquellas mujeres de la Graciosa que pasaban por
delante de la escuela con las cestas en su cabeza llenas de samas,
roqueras, meros o bocinegros, que tras subir el risco y pasar
caminando desde Ye, llegaban a Máguez, pero que si no conseguían
venderlo aquí continuaban para Haría.
Vendido el pescado
regresaban a la Graciosa haciendo el mismo recorrido, con las cestas a
la cabeza de nuevo pero esta vez llenas de productos de la tierra,
papas, lentejas, garbanzos, aceite, etc., ¡qué dura era la vida
¡.
Corría el año mil
novecientos sesenta y tres cuando nos instalamos definitivamente en
Máguez en la calle Tahoyo.
Sería por estos tiempos
cuando recuerdo que me llevaron por primera vez al Puerto.
Con
relativa frecuencia acudían por aquellos tiempos los marchantes que
llegados desde el Puerto acudían a casa de mi abuelo Pedro y de otros
que también tenían reses, como es el caso de tío Antonio (como le
decíamos), el hermano de mi abuela, Mercedes, y padre de Ginés y Lázaro
Betanort
Con cierta asiduidad, por
esta época era normal, ver caminando grupos de personas de larga barba
blanca, con turbante en la cabeza, a modo de toalla enrollada y vestidos
que le caían casi hasta el suelo (chilaba o túnica). Eran los “moros “,
como se decía, que procedentes de Mauritania, de Marruecos o del Sahara
venían a vender camellos. Nosotros los chiquillos les teníamos pánico.
El Máguez que conocí, del
fuerte olor a leña quemada cuando se cocinaba en los teniques, con los
calderos ahumados, negros como tizones, de los hierros para planchar,
de la vela, el farol y el quinqué, de las piedras de cal, de las
olorosas azucenas y de los claveles en flor, de los cabildos en la acera
o al soco de la pared, de las historias que nos hacían saber y no sé si
algo más , conforman la realidad de un tiempo que , para el bien de
todos, seguramente, ha quedado atrás.
Una vez finalizados los
estudios iniciales en La Escuela de las Casillas nos trasladábamos para
la Escuela de abajo o de Los Llanos, donde éramos más mayorcitos. Aquí
las cosas se complicaban bastante, el nivel de exigencia era mayor.
Debo informarles de que en Máguez existían cuatro Escuelas.
Don Alejandro Olbés de
Palma, que en paz descanse, hombre de profundas convicciones religiosas
era el maestro. Hombre polifacético. Entre sus hobbies estaba la
pintura, la pesca, la cacería con escopeta, sobre todo de pardelas en la
época del aleteo. Construía sus propios barcos, tuvo varios. Los
cartuchos también los preparaba él. Su gran amigo, era Señor Pablo, que
como se sabe vivía muy cerca de su domicilio.
Una vez se entraba en la
escuela y llegaba el maestro todo el mundo de pie a persinarse y rezar.
Eso era todos los días. A veces se cantaba el “Cara al sol con la camisa
nueva que bordaste en rojo ayer…” ¡Qué recuerdos!
Recuerdo que después de
escribir el tema del día en la pizarra nos sentaba cerca de ella y
repetíamos lo escrito. Con una caña pasaba los renglones y nosotros
íbamos leyendo. ¡Pobre del que se despistara, se llevaba un cañazo!
Por aquellos tiempos
había que saberse la geografía española al dedillo (de Canarias muy
poco), los ríos donde nacían, su recorrido, sus afluentes,
desembocadura, etc., etc. En Matemáticas, multiplicaciones y divisiones
con decimales, reglas de tres simples y compuestas, raíces cuadradas y
cúbicas, problemas y un largo etc. En Lengua, entre otras cosas las
reglas de Ortografía, verbos, oraciones, etc... En Historia, algunas
cosas como, la Reconquista, los reyes godos y visigodos con Ataúlfo,
Recaredo, Bamba, Don Rodrígo y otros etc. Tenía diez u once años.
A media mañana y por la
tarde nos daban aquellos vasos de leche en polvo diluida con agua y un
trozo de queso de bola. Era la época del Plan Marshall.
De vez en cuando
aparecía galopando en su elegante yegua blanca el Alcalde, D. Juan
Pablo de León, supongo que para intercambiar impresiones y ver las
necesidades con el maestro.
Por su cumpleaños nos
llevaba al Caletón Blanco.
A D. Alejandro, los que
lo conocieron, saben que era de corta estatura, pero él cada vez que se
compraba unos zapatos nuevos hacía incrementar sus tacones.
Para los casos especiales,
es decir, cuando algunos chicos hacían alguna gamberrada que él
consideraba merecedora de un tratamiento diferente, cogía lo que
denominaba “la vieja seca”, trozo de pírgano, que tenía colgado encima
de la pizarra donde pintaba el dibujo alusivo al tema y daba sus buenos
pirganazos. ¡Éramos duros como piedras!
La merienda en nuestras
casas consistía a veces en un puño de gofio con queso picado, otras,
pan untado con manteca de cochino y azúcar, tomates con gofio, a veces
pan con chorizo de los caseros, después de la matanza, y pocas cosas
más.
Cuando paría alguna cabra
mi madre guisaba el velete: los únicos que lo probaban eran mi hermana
Marisa, mi madre y mi padre, a mi hermano Jorge Luis y a mí no nos
gustaba ni el olor.
Por las fiestas de Santa
Bárbara, celebración, el cuatro de diciembre, igual que en las de San
Pedro el pueblo se transformaba. Un mes o mes y medio antes bajaban al
Puerto para comprar la tela para hacer los vestidos que se estrenarían
por la fiesta.
Había que lucir lo mejor en función de las posibilidades de cada
familia. Las casas se pintaban de blanco y todo parecía tener un
ambiente y colorido diferente.
La Santa Misa
y la solemne procesión con el repicar de campanas, con el fuerte olor a
pólvora quemada de los voladores, con los monaguillos, Humberto y José
Luis Pérez y alguno más, marcaban el fervor religioso de una época en
la que la participación popular se ponía de manifiesto.
Es significativo señalar
que si las fiestas se consideraban religiosas no había baile, pero si
por el contrario, se declaraban paganas, si había baile en la Sociedad,
las mozas y mozos lo agradecían.
Diferentes competiciones y
juegos se realizaban durante la festividad. Recuerdo el de la cinta,
para lo cual se utilizaba una bicicleta, carrera de sacos, etc. Estos
actos se celebraban en la plaza, enfrente de la Iglesia, que los más
mayorcitos recordarán que estaba anexa a esta Sociedad y cuyo camino
estaba por supuesto sin asfaltar al igual que el resto de las calles del
pueblo. Los niños y niñas teníamos la oportunidad de comprarnos helados,
refrescos y otras chucherías. Las fiestas eran grandes a todos los
niveles, pero quién más partido le sacaban, seguramente, eran los
mayores.
Durante el mes de los
difuntos venía a Máguez D. Enrique Dorta a rezar el Rosario,
posteriormente, lo haría D. Eusebio.
Por el mes de Mayo
también se rezaba el Rosario.
Los sermones de D.
Enrique eran dignos de escucharse, por su ímpetu, coraje y entusiasmo.
Fue un gran orador.
Muchos de los jóvenes del
pueblo animados por D. Enrique se fueron al Seminario aunque de Máguez
no tengo presente que ninguno se hiciera cura. Lo que si significó fue
la gran oportunidad para estudiar fuera y labrarse un futuro mejor en
aquellos tiempos en que las condiciones económicas eran difíciles y las
posibilidades de estudiar muy escasas.
Disgusto que cogí cuando
un día mi padre me comenta que aconsejado por D. Enrique me iba a mandar
al seminario. Aquella noche no dormí. Menos mal que se le fue tan
disparatada idea de la cabeza.
Recuerdo con
extraordinaria satisfacción los juegos que practicábamos de niño: el
juego del pañuelo, el marro, el boliche, el aro, el escondite, a la
guerra, al quemado, a veces al teje, el trompo, fincho huevo, araña…al
fútbol o mejor dicho darle patadas a algo redondo en una de esas calles
de Máguez, 10 contra 10 o 15 contra 15, los que fueran.
Máguez ha sido tierra
de extraordinarios luchadores. En la verbena de la Sociedad, se
celebraban excelentes luchadas. Por esos tiempos había una gran afición:
Rafael Hernández, Pepe Camurria, Celedonio (Nono), Jesús Viñoly, Luque,
Ismael, Juan Domingo Villalba, Manolo el de Inocencia, Crisóstomo son
algunos de los que recuerdo.
Nosotros, a veces, detrás
de la Iglesia hacíamos nuestras luchadas amistosas, con Suso, Alfredo,
Camilo, Juan Nicolás, Humberto, José A. Barreto, Juan Antonio, etc.
Mi afición a la bola
viene precisamente de cuando tenía nueve o diez años ya que Juan
Antonio, hijo de Juan Perdomo, poseía un juego de madera que le había
hecho su padre, carpintero (ambos fallecidos).
Humberto y José Luis
Pérez, José A. Barreto, Calixto y un largo etcétera éramos los que
practicábamos este juego.
La carencia de juguetes agudizaba nuestro ingenio creativo así: con
las hojas de tunera construíamos camellitos y dromedarios, camioncitos
con barandas y todo, barcos con sus velas respectivas; de la higuera o
almendrero extraíamos una o varias cangas, como una y griega, apropiadas
para construir los tirachinas. La elaboración de gometas adquirían un
entretenimiento extraordinario fabricadas con el papel de los sacos de
harina y con cañas muy bien cortaditas. Pegábamos el papel con harina
diluida en agua. Le poníamos rabos hechos con restos de ropas viejas.
El hilo lo comprábamos en la tienda de Juan Rafael Betancort.
Por aquel entonces habíamos verdaderos especialistas en la caza de
lagartijas. Cogíamos un balango y en el extremo le hacíamos una especie
de anillo con un nudo corredizo y que una vez introducido por la cabeza
del reptil y tirar quedaba atrapada.
Los domingos,
la comida por excelencia eran los maravillosos pucheros y la sopita de
gallina. Mi madre desde muy temprano, se ponía manos a la obra, porque
tenía que estar terminada antes de ir a Misa. Era costumbre en nuestra
casa y seguro que en otras también, a eso de media mañana nos escaldaba
un poco de gofio con el agüita del puchero, le añadía unos garbanzos y
en un plato a parte un poco de carne con algo de tocino. Esto nos sabía
a gloria. A mis hermanos, Luis y Marisa, les encantaba. Por estos
tiempos mi hermano Pedro Jesús aún no había aterrizado en este mundo.
Las mujeres al salir de
Misa se ponían a dar paseos plaza arriba, plaza abajo cogida del brazo.
No recuerdo bien si también paseaban con algún novio. Lo que sí
recuerdo es que por la tarde era cuando aparecían para enamorar. Se
ponían guapetonas para deslumbrar a sus enamorados.
Los hombres, lo típico,
echar la partidita a las cartas o a la bola: Chano Ribera, Severo
Villalba, Juan Torres, Pepito Feo, eran algunos ejemplos de buenos
jugadores.
Los domingos por la
tarde, la mayoría de los niños y niñas de la época veníamos al cine (de
Paco o de D. Luciano) en la Sociedad, donde se hacen en la actualidad
las obras de Teatro. Nos ponían aquellas películas mejicanas, del
oeste o de romanos. Las interrupciones eran constantes, unas veces
porque el motor se quedaba sin gasolina, otras porque se partía la
cinta. Al salir del cine todos estábamos dando tiros, ¡ Qué tiempos!.
Recuerdo como si las
estuviera comprando ahora cuando íbamos a casa del Sr. Crisóstomo que
tenía una tamarera para comprarles unas cuantas perrachicas de támaras.
¡Qué ricas!.
En fin, nuestra infancia
transcurría conforme a los tiempos que nos toco vivir. Creo que éramos
felices a nuestra forma y manera de lo que había, no se conocía otra
cosa.
La Navidad, con su portal
de Belén, con San José, La Virgen, los pastores, los Ángeles, los
villancicos y los versos que recitábamos los niños en la Iglesia, el
besapié, Rancho de Pascua, etc. completaban el sentir religioso de una
época que se vivía con gran intensidad.
La repostería por estas
fechas adquiría un significado muy importante. Los mimos, los panes de
mamí, los mantecados, las magdalenas ¡qué ricos! Unas veces en casa de
Eugenia Torres, Manuel Bonilla o en la Panadería de Sebastián que
poseían hornos de leña eran los lugares habituales para guisarlos por
esta zona de arriba del pueblo.
La noche de reyes era
vivida con gran expectación, todo parecía agitarse un poco, esperábamos
la visita de Sus Majestades Los Reyes Magos. Unos calzoncillos, alguna
camisilla, un juego de pistolas de mixtos o una escopeta de esas con
tapón o un balón de plástico eran los regalos que recuerdo.
El Carnaval, fiesta
pagana por excelencia, es otra de las vivencias de mi infancia. Juan
Pedro Brito y yo nos disfrazábamos con ropas de nuestros padres o con
alguna sábana nos cubríamos todo el cuerpo. Lo normal era ir con la cara
tapada. Empezábamos nuestro recorrido por las Casillas. Siempre nos
atendían muy bien. Nos regalaban dulces y también alguna copita de licor
casero. Por estas fechas todo el mundo tenía dulces en sus casas. Luego
continuábamos Casillas abajo hasta recorrer parte del pueblo. ¡Qué
tiempos!
La Semana Santa,
seguramente, era la más solemne de las celebraciones, por cuanto
significaba de recogimiento, de oración. Los Santos eran cubiertos con
unos crespones de color púrpura (creo recordar), las procesiones en
absoluto silencio encabezadas por el cura y los monaguillos, “el Vía
Crucis”. El Domingo de Ramos era precioso ya que todo el mundo, grandes
y pequeños, acudían a la Misa y procesión con los palmitos, auténtica
exhibición del ingenio decorativo. Existían verdaderas especialistas en
la confección de estos palmitos. Mi abuela Mercedes era muy habilidosa.
La radio, sólo emitía los
informativos y música sacra. Los festejos estaban totalmente prohibidos.
No se comía carne sino pescado, era pecado.
La vida cultural y social
se centraba en este Centro Democrático. Recuerdo, aquellas obras de
teatro que con verdadero entusiasmo preparaban: teníamos y tenemos
excelentes actores y actrices. Era relativamente frecuente que de otros
pueblos viniera alguna compañía de teatro. También los nuestros salían
fuera del ámbito municipal.
Diariamente, por la
tarde, acudían muchas persona del pueblo a leer el periódico provincial,
o alguno de carácter insular como era, creo recordar “La Antena” en el
sobrado de la Sociedad donde años más tarde pondrían la única televisión
que existía en el pueblo, en blanco y negro, pero era tal la cantidad de
rayas que tenía que apenas se veía.
Nuestros jóvenes
varones eran adictos a la lectura de las novelas del oeste y nuestras
féminas, sobre todo, a las de Corín Tellado.
Cuando fallecía un
vecino del pueblo, se pagaba a una persona para que avisara a toda la
vecindad; la bandera ondeaba a media asta. Resultaba tenebroso divisar
desde la era de mi abuelo Pedro, el cortejo fúnebre, de intenso negro,
incluido el ataúd, subiendo por la cuesta de los Cascajos. Turnándose
periódicamente llegaban hasta el cementerio.
El luto que se guardaba
por el familiar fallecido era más duro para las mujeres que para los
hombres, pero duro para todos... Eran verdaderas penitencias así: por un
padre/madre dos años vestidos de negro. Un hermano/hermana, un año. Un
tío/tía, tres meses. Un primo hermano, mes y medio. Un primo segundo,
once días. Esto significaba que no se salía a ningún evento importante.
Tampoco se podía ir al baile.
Las muertes de cochino o
la matanza eran acontecimientos sociales y familiares importantes. Se
necesitaba mucha mano de obra. Del cochino se aprovechaba todo. La
carne, huesos y el tocino se salaban y se metía en garrafones, se hacía
manteca, chorizos y morcillas (con la sangre del animal). Siempre asaban
unos trozos de carne cuando ya estaba medio descuartizado. ¡Qué gustosa
era aquella carne ¡
En mil novecientos
sesenta y seis realizo mi examen de ingreso en el Instituto de Arrecife,
hoy Agustín Espinosa.
Tuve un retrazo de un año
para iniciar el bachillerato a consecuencia de una pleuresía. Esta
enfermedad tardó muchos meses en curarse. Juan Rafael Betancort, el
zapatero, fue el que me puso las inyecciones. Tenía su cajita metálica
donde guardaba la aguja y la jeringuilla. Previamente a poner la
inyección hervía todos esos objetos.
Delicada salud tenía yo cuando esto: pescadito blanco, sopitas de pichón
eran algunos de los alimentos recomendados por D. Pancho el médico.
Iniciamos los estudios de
Bachiller en el Salón Parroquial allá por el año mil novecientos sesenta
y siete: Delia Rodríguez, mi tía, Ernestina, Juana María González
Rodríguez, Blanca, Carmen Martín, Juan Antonio Perdomo (fallecido),
Nemesio, Rosa María Perdomo (fallecida), etc. eran algunos de los que
recuerdo.
¡Qué sacrificios para
estudiar! Por la mañana, caminando para Haría, al mediodía otra vez
caminando para Máguez, Por la tarde la ida en guagua y la venida
caminando de nuevo. Así día tras día.
Se da la paradoja de que aquí las clases eran mixtas, pero los recreos
estaban delimitados. De la mitad de la Plaza de Haría hacia arriba para
las chicas y la otra mitad hacia abajo para los chicos.
Para realizar el tercer
curso ya pasamos a estudiar en donde se encuentra en la actualidad la
Residencia Escolar de Haría, permaneciendo aquí hasta sexto y reválida.
Durante el periodo del
Bachillerato y sobre todo después de que María Luisa Perdomo fuera la
Directora, eran constantes los “ejercicios espirituales “en Nazaret y
en alguna ocasión en la Florida.
También de nuestro paso por el Instituto recuerdo el equipo de fútbol
fundado por D. José Domingo Pérez Núñez y cuyos jugadores entre otros
estaban: Maximino Betancort, Manolo González Armas (el del Ancla),
Humberto Pérez, Armando Bailón, Rogelio Montero Miralles, Gregorio Lemes
Medina, José Hernández, Juan Pedro Hernández (alcalde de Teguise),
Ramos, Teodoro, Felo Brito, José Francisco Pérez, Jaime, Ismael, Chago,
y el que les habla entre otros.
A finales de la década de los sesenta aparece la LUZ en Máguez. Este
hecho significó uno de los avances más importantes por cuanto supuso la
incorporación de ciertas comodidades que proporcionarían un bienestar, a
la postre sin precedentes. El estudio era más confortable puesto que
anteriormente lo hacíamos a la luz de una vela, farol o quinqué. El
pueblo abandona definitivamente las tinieblas en las que se encontraba
inmerso.
La existencia de la
Academia fundada por D. Enrique Dorta y la creación posterior del
Colegio Libre Adoptado de Haría (el Instituto) como una extensión del
Blas Cabrera Felipe, supuso para Máguez y Haría estar a la cabeza en el
número de Universitarios y personas con diferentes carreras, siendo
probablemente la de Maestro la más que predomina.
Realizando una visión
retrospectiva observamos como ha evolucionado la vida en general.
Nuestros niños de hoy no han visto en su mayoría como nace un pollito o
como pone un huevo una gallina. Los juegos electrónicos y la televisión
son los entretenimientos habituales que absorben el tiempo de nuestros
niños, pero desgraciadamente, la carencia de valores de la sociedad
actual sea el problema más grave que debemos resolver.
Las máquinas para la
agricultura han llegado cuando ya casi no existe la misma. Basta un
simple recorrido por nuestros campos para darnos cuenta del abandono en
que se encuentra. La agricultura está desde hace algunos años en
constante decadencia.
Ya para concluir un deseo
para la juventud de este pueblo: “que el esfuerzo de hoy en el estudio,
la perseverancia, la constancia por conseguir los objetivos serán sin
lugar a dudas el fruto que recogerán en un futuro próximo. Soy
consciente de muchas cosas, entre otras de las dificultades, pero cuanto
mejor estén preparados más posibilidades habrá de obtener pronto la
recompensa por nuestro sacrificio y tesón “.
Felicidades a todas las
Bárbaras.
Espero no haberles defraudado.
“Viva Santa Bárbara”
Muchas gracias y muy
buenas noches.
Máguez a dos
de Diciembre de 2006 |