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Presentación
Señor alcalde, señores concejales, autoridades, señor presidente
del Centro democrático de Máguez, amigos, compañeros,
forasteros, queridísimo pueblo de Máguez:
Buenas noches y Bienvenidos a las fiestas de Santa Bárbara”.
Habiéndoseme ofrecido la dignísima oportunidad de pregonar
nuestro pueblo, de situarme frente al colectivo en el que se
asienta mi identidad y referencia, me llena de tal
responsabilidad y orgullo que aún me tiemblan las piernas.
Sin entrar en cuestionar los posibles méritos para esta elección, mis
palabras no podrán nunca reflejar mi satisfacción.
El honor que recibo con este ofrecimiento es muy grande, realmente
excesivo, pero creo que se me ofrece la ocasión de pagar una deuda que
todos tenemos pendiente con la gente de Máguez; sus hombres y sobre todo
sus mujeres.
Naturalmente que los pregones ya no tienen el sentido de antes, de
alertar a la población de que las fechas de la fiesta se acercan.
Creo que hoy tiene sentido mantener esta vieja y hermosa tradición de
los pregones para renovar en nosotros el orgullo de ser del pueblo en
que se nació o en el que se vive.
Máguez, norte geográfico
Es la infancia el cobijo de la percepción más original, el primer
estreno de nuestros ojos al exterior. Ese ejercicio lo hemos hecho los
magueros en este precioso valle que me sirvió de cuna, bajo la
protección de la majestuosa Corona que despliega todo su esplendor en su
deslumbrante manto de malpaís al que los hombres y mujeres se
enfrentaron en lucha sin cuartel logrando domesticarlo en parte, para
hacerlo productivo y aún más bello si cabe.
En mi pueblo siempre amanecía muy temprano, yo diría que más que en
otros, porque desde las cuatro o cinco de la mañana ya se oía el trajín
en las cocinas, se atisbaba claridad de velas y faroles tras las
ventanas, se empezaba a “embardijar” los burros -algunos rebuznos
parecían quejas por tales abusos laborales-. Y… deprisita, deprisita,
que hay que aprovechar, que está amoroso, antes de que se nos ponga la
sementera bronca.
Frente al hoy imperante y exagerado culto a exigir derechos sin
deberes, causa de los insultantes desequilibrios entre la opulencia de
unos pocos y la indigencia de muchos; cuando hay un absoluto desprecio
por el medio ambiente y los poderosísimos grupos de presión impiden
poner remedio, los hombres y mujeres de Máguez, solidarios y
trabajadores, fueron haciendo el paisaje a su medida, sin violentarlo,
desarrollando sus distintas actividades con inteligencia y saber
colectivo que les permitiera una supervivencia digna, haciendo de este
pueblo un lugar privilegiado y acogedor.
Ahora muchos eligen nuestro pueblo para vivir por su calidad
medioambiental y su ritmo sosegado.
Ruego a las autoridades y particulares afectados lleguen a acuerdos para
lograr que La Capellanía vuelva a ser aquella verdegueante ladera de
calcosa y alfalfa que servía de fondo a la preciosa pintura que
representa mi pueblo.
Una vez que amanecía de verdad, nuestro pueblo era toda una explosión de
luz y color, comenzábamos a ver un pequeño pueblo con muchas casas de
piedra enjalbegadas de blanco, otras pintadas de color ocre, algunas con
los aleros de las ventanas pintados de gris o azul añil.
En invierno, porque antes había invierno, (o al menos a mí me lo
parecía) las calles de tierra estaban siempre llenas de barranqueras,
los niños aprovechábamos los días de lluvia para poner en ellas
piedritas y hacer pequeñas maretas imaginándonos un gran océano por
donde navegaban enormes buques construidos con cajas de conserva o latas
de sardinas.
Los bordes de los caminos, repletos de frondosas hierbas, esperaban
impacientes la llegada de la primavera para regalarnos vivos colores y
sutiles aromas que ni el mejor jardinero hubiese podido soñar. Aunque a
veces he de confesar que alguna de ellas nos jugaba una mala pasada,
pues si te descuidabas, llegabas ronchada a casa. ¡Dichosa ortiguilla!
Máguez, norte cultural
La historia de Máguez como pueblo se remonta a los antiguos pobladores
de la isla de Lanzarote. Los diversos grabados hallados en Peña de
Cabrera Peraza atestiguan, junto a otros restos, la existencia de estos
pobladores en esta zona. Leonardo Torriani menciona el pueblo de Máguez
como importante lugar al lado de Haría.
Pero Máguez no es sólo norte geográfico sino también norte cultural de
la isla, porque éste ha sido siempre un pueblo trabajador y culto.
Los hombres y mujeres de Máguez, atados al quehacer del campo, al reloj
de las estaciones, proveedor y estoico han sabido con renuncia de vida,
cuidar de sus hijos, ayudándoles a la construcción de un futuro abierto
y enriquecedor.
En
mi época había dos grandes escuelas, una para niñas, con doña Josefa
como maestra y otra para niños, cuyo maestro era don Alejandro.
De la escuela recuerdo el aroma a madera de los pupitres viejos. La
regla de Doña Josefa, utilizada para prácticas poco ortodoxas, aunque he
de reconocer que lo hacía en un intento de sacar lo mejor de sus
alumnos.
La libreta de sucio y la de limpio para cuando venía la inspectora.
Pero el olor más agradable llegaba a la hora del recreo cuando nos
daban leche en polvo y queso de bola, del Plan Marshall, decían. Lo que
sí sé, es que era tan diferente al de casa…
¡Olores y sabores nuevos! Era la infancia. Estaba aprendiendo cosas y
experimentando nuevas sensaciones.
Por eso, a estas alturas de la vida, ya es difícil percibir sabores
nuevos, siempre le encontraremos alguna semejanza a los ya
experimentados.
Yo creo que nuestra generación fue un poco especial ya que fuimos un
poquito tiranizados por la educación y la sociedad de entonces y quizá
ahora seamos también un poquito, víctimas de la tiranía de nuestros
hijos, educados en un sistema de libertades (afortunadamente).
Pero estos cambios sociales han entrado tan de repente en nuestras
vidas que todavía no nos ha dado tiempo de digerirlos muy bien, máxime
cuando tenemos que convivir con las diferentes culturas que nos llegan
actualmente por distintas vías y formas.
Tuvimos otras grandes maestras: Doña Casilda, Doña Delia, Doña Elena… y
los que nos prepararon para el ingreso: Doña Clarisa y Don Ginés.
En la escuela se aprovechaba bien el tiempo y más te valía… porque como
tus padres se enterasen de que no era así recibías una “gentina”
que ¡Más nunca!
Y es que en esa época había una unidad de acción acordada entre padres y
maestros.
Lo que recuerdo de mis maestras es que no sólo eran figuras relevantes
dentro de la escuela sino también fuera de ella.
Sentir su taconeo ya nos ponía en guardia. Su presencia inspiraba
autoridad en su sentido originario, por el prestigio, la consideración y
el respeto que se le debía a la figura del maestro.
Quizá se rifara algún coscorrón o cogotazo, eran otros tiempos.
¿Y creen ustedes que estamos traumatizados por ello?
De lo que no estoy muy segura es que la generación actual, educada en
una laxa interpretación de la libertad sin la correlativa
responsabilidad, sea más sana que la nuestra.
Bueno, como en este tema van a haber opiniones muy variadas y
encontradas yo creo que vamos a dejarlo como reza la máxima:”En el
medio está la virtud”
La mujer trabajadora
No quisiera dejar pasar esta magnífica oportunidad para hacer una
mención especial, con el permiso de los caballeros, a las mujeres de
Máguez, para mí, verdadero motor y alma mater del desarrollo y
destino de este pueblo.
Sacrificadas colaboradoras de las tareas agrícolas y ganaderas,
sufridoras en casa cuidando del hogar, educadora de los hijos,
economistas domésticas que sin entender una papa de los principios
teóricos de esta ciencia sabían con verdadera maestría reducir al máximo
los costes y maximizar beneficios porque estaban al corriente donde ir
a comprar una peseta más barato y vender sus productos más caros al
estraperlista que mejor pagase. En fin, sabían hacer de una peseta un
duro.
Auténticas médicas y enfermeras, porque antes no era como ahora que se
lleva a los niños a urgencias por un achís.
¡No!, las mamás tenían sus técnicas médicas y sus medicinas, a lo mejor
no muy avaladas por la ciencia, pero los resultados eran bastante
aceptables. Cada mamá tenía su farmacopea doméstica. Que el niño tenía
fiebre: paños de agua fría en la cabeza; que tenía tos: agüita de
orégano o una cebolla cortada en cuatro gajos; que le dolía la barriga:
una tacita de pasote o una cucharadita de aceite; que le dolía la
cabeza: penca pelada en la frente; que tenías una herida: estregar con
un diente de ajo. ¡Y eso picaba…! ¡Y si no me creen, hagan la prueba!
Así podríamos continuar hasta elaborar un auténtico tratado de
medicina.
Algún médico diría que aplicar esos tratamientos sería como ponerle al
niño un sombrero mejicano: si se curaban era porque la naturaleza seguía
su curso. Como quiera que fuere, se curaban, o a lo mejor era las manos
amorosas de las mamás de Máguez las que hacían el milagro, las que le
daban un revolcón a la medicina científica.
La tarea empezaba para ellas antes que para los demás pues debían
ordeñar las cabras, dejar la leche con su cuajo, preparar el desayuno…
La mujer iba tranquila al campo porque sabía que en casa se quedaba la
abuela, que aunque mayor, era un pilar fundamental en la crianza y
educación de los hijos:
¡Cuánto tiempo, ternura y cariño nos regalaron!
A la vuelta a casa también la esperaba un duro trabajo: hacer la comida,
había que estar muy pendiente atizando siempre el fuego para que no se
apagara, la limpieza, el lavado. El día que tocaba lavar se pegaban todo
el día, ¡qué digo todo el día!: desde el día anterior. Pues la ropa se
dejaba a remojo en la pila que previamente habían llenado cargando agua
del aljibe.
Al día siguiente después de estregar y estregar, se aclaraba, se pasaba
por añil y… ¡como los chorros del oro!
La plancha de carbón primero y los hierros más tarde terminaban por
dejar la ropa impecable.
Hacer el queso era también tarea diaria. Los zurcidos y remiendos eran
auténticas obras de arte. ¡Oh!, si algunos jóvenes de hoy llegan a
pillar un pantalón remendado entonces: ¡como iban a “flipar”!
Si no había que coser, quedaba la opción de las rosetas, que aunque
nunca estuvieron bien pagas daba para los gastos de la tienda.
Si todas las tareas las hacían con dedicación y esmero la que se llevaba
la palma era la de la educación de los hijos.
En algunos casos hacían de padre y madre a la vez porque muchos de
nuestros padres tuvieron que emigrar.
Nuestras madres conocían bien el significado de la palabra cansancio,
pero no el de estrés, siempre estaban disponibles ¡Qué calidad de vida!
Todas repasaban con sus hijos las tablas de multiplicar, los ríos de
España, la lista de los reyes godos… amén del catecismo. Nos lo teníamos
que saber todo de memoria. Y ellas, aunque exhaustas, no desistían
hasta que nos lo supiéramos todo de pe a pa.
Éstas
son las mujeres de este pueblo, y creo que deberíamos compensarlas por
su esfuerzo y compartirlo -si no es que lo hemos hecho ya- a partir de
ahora.
“Nunca es tarde si la dicha es buena”.
Seguro que sus mujeres se lo agradecerán, pues ese también es otro signo
que las identifica.
Un abrazo para todas ellas.
El santo rosario
Noviembre. Mes dedicado a los difuntos. Rosario en la ermita todas las
noches. Frío invernal. Faroles en las calles para ver las piedras del
camino (no vayan a pensar los más pequeños que las calles siempre
estuvieron así).
Era tal el frío que recuerdo cómo me acurrucaba bajo un abrigo
azul-grisáceo que tenía mi madre al subir aquella cuesta de Las Casillas
¡Gracias, mamá!
Antes casi todas las casas tenían un pequeño jardín. En el mes de mayo
el pueblo se embriagaba con las fragancias de sus flores: azucenas,
calas, claveles….
Las niñas íbamos por las casas a pedir flores para decorar la iglesia.
¡Cuánta esperanza ponía cada uno en aquella flor!
Hoy sin embargo queremos comprarlo todo con dinero. Todas las noches
había rosario. Lleno hasta la bandera.
Los niños y niñas mayores del pueblo recitaban versos. Una noche,
Juanita la de Severa y yo, siendo aún muy pequeñas, al ver que todas las
niñas declamaban versos nos empeñamos en decir uno que nos habíamos
aprendido pero como no teníamos previsto salir y no llevábamos los
zapatos adecuados, nos los intercambiamos para poder subir al altar. Nos
colocaron sobre una silla y nos sentimos como auténticas estrellas de
Hollywood.
La
fiesta de Santa Bárbara
A las puertas del invierno, cuando el aire fresco del “barrón” de
Gallo nos embruja y acaricia nuestras mejillas, como un relámpago de
fervor y alegría nos llega la fiesta de Santa Bárbara, nuestra patrona.
Una de las santas más populares aunque también más largamente olvidadas
en el buen tiempo, por aquello de que no siempre hay tormenta
Santa Bárbara bendita
en el cielo está llorando
porque no se acuerdan de ella
sino cuando está tronando.
Estos versos no representan precisamente el sentir de este pueblo pues
aquí en Máguez nos acordamos todo el año.
Esta santa, virgen y mártir, cuya historia se ha ido difuminando con el
paso de los tiempos, ha quedado envuelta en leyenda que desfigura la
silueta histórica de la mártir; pues según la tradición, su martirio fue
por decisión de su propio padre Dióscuro. Éste, furioso anticristiano,
la encerró en una torre para protegerla ya sea de la influencia
cristiana o de la seducción de los hombres debido a su belleza.
Durante su secuestro ella misma se bautizó al no tener quien lo hiciera.
Como símbolo visible, a escondidas de su padre -que había ordenado
abrir dos ventanas en el torreón-, Bárbara consiguió de los albañiles
que abrieran otra más: tres ventanas, símbolo de la Trinidad a la que
ella adoraba. Los planes de su padre eran reservarla para una buena
propuesta de matrimonio, por supuesto con un pagano como él. Pero la
bella joven rechazó el matrimonio porque se había consagrado a Cristo.
Invitada a abjurar bajo pena de tormentos crueles y muerte horrenda,
Bárbara mantuvo incólume su unión a Cristo.
Ni los duros golpes de la flagelación, ni la amputación de los pechos,
ni el arrastrarla desnuda por las calles de Nicomedia lograron hacer
desistir a la joven cristiana.
Cegado por la furia y la humillación ante la sociedad por causa de su
hija, el mismo padre se ofreció a acabar con la vida de Bárbara
asestándole un golpe certero en el cuello que hizo rodar su cabeza por
el suelo. A continuación un rayo fulminante derribó por tierra sin vida
el cuerpo del padre y verdugo de la mártir.
A esta santa la veneramos aquí desde que se fundara la antigua ermita
junto a esta sociedad allá por el año 1730.
Tras varias modificaciones hechas con la generosa colaboración de los
vecinos, y ya considerándose imposible mantenerla en pie, es demolida,
perdiendo Máguez el edificio más emblemático de toda su historia. Se
decide construir la nueva ermita con la impronta de nuestro genial
Manrique (el que con su arte hizo universal a Lanzarote). Su solemne
inauguración tuvo lugar el día de nuestra patrona del año 1974.
Cada cuatro de diciembre veneramos a nuestra santa y la sacamos en
procesión por nuestras calles y callejones entre murmullo de oraciones y
estrépito de voladores. Al atardecer nos reunimos para seguir la fiesta
en este magnífico e histórico Centro Democrático que se ha ido
construyendo piedra a piedra desde hace casi un siglo con las manos de
nuestra gentes, antepasados y presentes. Éste ha sido siempre, es y
será, lugar de encuentro de sentimientos entre los sentimientos, de
juegos, bailes, teatros, bolas, comilonas, de risas colectivas: lugar
ideal para hacernos a todos un poco más felices.
Según se acercaban las fiestas se notaba más ajetreo en el pueblo.
Había que prepararlo todo, barrer sus calles, pintar sus casas (en esa
época lucían blancas como el alba, se pintaban por fuera y por dentro).
Se hacía limpieza general, sobre todo de la loza que no se usaba a
diario y que debía estar impecable para los invitados. Recuerdo en
especial, unas bandejitas de cristal con vasitos que parecían de
juguetes, las mismas que el padrino pasaba en las bodas con unos licores
caseros buenísimos, a la par que la madrina nos ofrecía los dulces que
en muchas ocasiones guardábamos con sumo cuidado en un pañuelito
blanco.
Los familiares y amigos venían desde distintos puntos de la isla para
disfrutar las fiestas con sus parientes. La casa era todo un maremágnum
de olores: a pan recién hecho, a magdalenas, mantecados, bizcochones y
el olorcito al caldo de garbanzos, guisado lentamente con leña y es que
¡todo estaba exquisito!
Quizá fuese porque todo se cocinaba a fuego lento, sin prisas. Quizá
porque se hacía con mucho amor. ¿O quizá porque me lo servían en el
plato?
Bueno, como quiera que fuere, y aunque lo que había era muy básico, era
todo de calidad suprema. Pero para los niños y niñas en estos días de
fiesta la estrella de la mesa era la botella de Agua de Moya, sus
burbujitas nos hacían sugestivas cosquillas en la lengua. Todos en el
pueblo esperábamos con ilusión la llegada de las fiestas, pues tanto en
Santa Bárbara como en San Pedro eran épocas de estreno.
La tienda ecológica
Yo, como más pequeña de la casa, tenía asignada la tarea de ir a la
tienda. Por lo general iba a casa de Emilia. Me embelesaba ver con que
jeito envolvía harina o azúcar en un papel bazo. Parecía una
verdadera maestra de la papiroflexia.
¡Recordarán también que ese papel lo reciclábamos para tantas cosas!
Si lo que se iba a comprar era líquido: aceite, petróleo, colonia,
llevábamos las botellas desde casa para que nos la llenaran, -me
encantaba ver las burbujitas que se formaban al bombear el aceite-.
Cuando nos despachaban la colonia para ponérnosla los domingos, la
tienda se perfumaba, me parecía muy curioso el diminuto fonil que se
empleaba para rellenar un tarrito tan pequeño.
¡Y ahora parece que acabamos de inventar el reciclaje!
Pero lo que más me gustaba del viaje a la tienda era ver sobre el
mostrador aquellos dos enormes botes, uno de ellos lleno de unas
pastillitas chiquititas y estrelladas y otro con unas pastillas más
grandes, imitando gajitos de limón o naranja. Sus atractivos colores y
formas me fascinaban, pero al llegar a casa…tenía que rendir cuentas…
Sólo cuando la compra era muy grande o no tenían perras sueltas para
devolverme ocurría el milagro: se abría la tapa abatible del bote,
sacaban dos o tres, y ¡más contenta que unas pascuas! me deleitaba con
su sabor de vuelta a casa. Ese día seguro que iría pisando huevos porque
no recuerdo que me sobrara ninguna pastilla para el día siguiente.
La
muerte de cochino
¡Ji, ji…! Hoy no me han despertado los gallos, ha sido el quejoso llanto
del cochino de mis abuelos que se resistía a pasar a mejor vida.
Al grito de alarma todos los parientes nos reunimos para ayudar a la
matanza.
Gran fiesta familiar, del más chico al más grande.
Los hombres preparan la carne y el tocino. Las mujeres van pelando las
papas de la tierra y haciendo el compuesto. También preparan el relleno
de los chorizos y las morcillas, tarea en la que ayudamos las niñas.
La carne salada se envasaba en garrafones y teníamos carne todo el año.
Lo mismo ocurría con el tocino y la carne en adobo.
Pero lo más rico de la muerte de cochino era la carne asada a media
mañana.
Su olor inundaba todo el pueblo y su sabor…. sin comentarios.
Por muchos asaderos a los que vaya no he vuelto a probar su sabor
original.
Los primos nos lo pasábamos en grande jugando en la era.
Y como del cochino se aprovecha hasta los andares nosotros inflábamos la
vejiga para jugar al fútbol.
Los
entretenimientos
Con
las amigas de mi quinta: sobre todo con Juanita y Loly echaba las
tardes. La carencia de juguetes como las actuales barbies o las
muñecas de Famosa, que todos los años se dirigen al portal, nos
obligaba a echar a volar la imaginación y la creatividad. Con una muñeca
de trapo (hecha por nuestras abuelas) y poco más, construíamos nuestro
mundo de fantasías infantiles. Tal era el entretenimiento, que siempre
se me iba el santo al cielo y era mi madre la que cada día me tenía que
avisar que era la hora del regreso. Pero como entonces - igual que ahora
- mi móvil no tenía saldo o estaba fuera de cobertura, mi madre
utilizaba su infalible método alternativo:
- ¡Purita……!
Y este
reclamo rompía el silencio de aquellas maravillosas tardes, reclamo que
se oía desde Las Casillas al Callejón o al Camino de Atrás.
Y yo respondía:
- Ya
voy.
Pero en lugar de subir “ajilada” como suelen hacer todos los
niños me dilataba por lo menos un cuarto de hora más.
Cuando venía Hilda del Puerto subíamos la montaña de Los Llanos y
jugábamos a enriscarnos por ella. Al final siempre terminábamos rodando,
formando tal algarabía que quien nos hubiese oído hubiera pensado que
estaban todos los niños del pueblo subiendo y bajando la montaña.
Los
domingos eran las campanas las que marcaban el paso. La misa siempre a
las doce. La iglesia a rebosar.
Por las tardes las mujeres y las niñas jugaban a la baraja sentadas
sobre una estera, la moneda de cambio eran almendras. Si no se tenía
almendras, se ponía su valor en el mercado: una perra o una perra chica.
Los hombres, como ha sido siempre tradición, jugaban en este Centro.
Algunas veces en el teatro se proyectaban películas del oeste o
mejicanas. Era muy divertido. Nos pasábamos casi todo el tiempo
aplaudiendo: porque chico besa chica…., porque llega El Séptimo de
Caballería….Y cuando más interesante estaba, la película se cortaba.
Silbidos y…..vuelta a aplaudir.
Pasa el tiempo. Ya somos unas jovencitas. Los chicos nos dan serenatas.
¿Será por eso que antes llovía tanto?
Ya nos dejan ir al baile. Los bailes del pueblo eran de renombre en la
isla. La diversión estaba asegurada, pero ¡ojo! hay que bailar hasta
una hora prudencial porque según las abuelas no hay que recoger la
estera.
En los atardeceres del principio del verano, Juanita, Mirita, Mª Elena,
Luz Mari, Carmen Rosa, Delfina, Matula, Olga, Carmencita, Fela, Juanita
la de Eugenia, mi prima Mª Isabel, algunas chicas más que venían
esporádicamente…. y yo, nos íbamos a la mora. De camino contemplábamos
la caída del sol tras el valle, dejando en ocasiones una impresionante
estela rojiza, decían que la virgen estaba planchando.
Ya avanzado el verano y acabada la actividad agrícola tras la recogida
de la sementera y la trilla, las familias hacían la muda a la playa para
tomar los “baños” como un ejercicio de salud para recuperar fuerzas y
comenzar el nuevo año agrícola con la siembra de las papas.
Todos esperábamos ese momento con ilusión.
Desde el amanecer hasta la puesta de sol estábamos en los charcos ya
sea para pescar, mariscar, bañarse o… fregar la loza, tarea que tocaba a
las niñas.
Mientras los hombres pescaban, moreniaban, mariscaban… las mujeres
hacían actividades propias de la salud como los baños diarios, hacer
gárgaras en el rompiente de la ola, tumbarse en la arenilla caliente del
“Caletón Blanco”... El tiempo era muy corto, una semana; pero vivido
intensamente con toda la familia al completo.
Despedidas
Les animo a vivir felices bajo la advocación de Santa Bárbara,
intentando imitar su ejemplar comportamiento, amando a sus amigos y
enemigos y manteniendo entre todos una vecindad feliz, dejando atrás
posibles rencores. Espero y deseo que por unos días olviden sus
preocupaciones cotidianas para pasar en estos días de fiesta unos
momentos muy divertidos.
Quisiera enviar un cariñoso abrazo a todos los nacidos en Máguez que,
por cualquier circunstancia, ya no viven aquí.
Un abrazo a esos amigos que sólo vemos de año en año.
No quisiera acabar sin mencionar a todos aquellos que nos han acompañado
a lo largo de nuestra vida y que ya no se encuentran con nosotros, en
especial a mi padre, que tanto disfrutaba en esta sociedad y que seguro
lo estará haciendo ahora al vernos tan contentos.
Agradezco de nuevo a esta directiva el honor de haberme dejado compartir
con ustedes el amor que siento por este pueblo.
Para finalizar, quiero invitarles a todos a pasar unas felices fiestas.
¡Viva Santa Bárbara!
¡Viva Máguez! |