Señor
Alcalde, presidente y directiva del Centro Democrático, convecinos de Máguez,
buenas noches.
Hace
unos días, pasando delante del ayuntamiento, coincidí con el concejal
y presidente de este Centro en el que nos encontramos, el cual al verme
como saludo me dirigió estas solemnes palabras : ¡contigo quería hablar¡,
así de repente, esa expresión hizo que mi mente se bloqueara y pensara
en dos cosas: como concejal de turno me llamaba la atención por aparcar
en línea amarilla o que pensara que al pasear delante de la institución
buscaba algún puesto en la lista para las próximas elecciones. Por
suerte para mí ese mal pensamiento se derrumbó al oír la continuación:
¿Sabes
que tenemos pronto las fiestas de Santa Bárbara?.
Está
bien que me lo recuerdes , pero…..
Lo
que quiero decirte, es que hemos pensado en que seas el pregonero para
las de este año.
Esta
proposición me dejó sorprendido, y las únicas palabras que pude
articular fueron: gracias, déjame unos días para poder pensarlo al
sosiego de la familia. Antes del fin de semana de doy una respuesta.
De
vuelta a casa, ya con mi mente más centrada y con las neuronas en pleno
actividad, ante esa propuesta me surgieron muchas dudas:
¿Qué
puedo decir en ese acto a los asistentes que no se hayan dicho mis
antecesores?,
¿Recordar
nombres, situaciones geográficas, hablar de oficios, etc?,
¿No
sería eso reincidir en temas que otros ya trataron?
¿Tendría
suficiente repertorio para un acto de esta importancia?.
Esas
y muchas más preguntas se me acumularon en mi cerebro. Pero había algo
en el subconsciente que me animaba a romper esa barrera y que me decía:
¡Cómo
vas a negarte a hablar de Máguez¡
¿Vas
a tener esa duda hacia el pueblo que te vio nacer y vivir?. El pueblo
donde te has realizado como persona. El que te ha dado tus mayores
alegrías, ese en el cual conocistes a tus amigos de siempre con los que
convivistes muchos años de juventud. Ese pueblo donde vivieron todos tus
abuelos y tus padres, donde disfrutaste de una niñez y una pubertad que
han marcado tu vida, donde has formado una familia. El pueblo del que no
se por qué sortilegio hace que regreses a él cada semana y en todas las
vacaciones.
¡Cierto,
imposible negarme¡, porqueES MI PUEBLO.
Si el
pregonero era la persona que comunicaba al pueblo algún hecho notorio o
aquel que inauguraba una celebración, ¿cómo puedo ubicarme en estas
acepciones?.
En mi
caso creo que no estoy muy cerca de ninguna de las dos y más aún en este
siglo donde las telecomunicaciones dominan la trasmisión oral de antaño.
Donde cualquier hecho notorio llega a cualquier receptor en breves
momentos. ¿Qué puedo yo trasmitir, comunicar o contar a mi pueblo?. ¿Quizás
anécdotas, recuerdos de antaño o mis vivencias en él?.
A
ellos voy a hacer referencia en mi alocución de hoy.
Para
hacerlos más vivos cuento con la colaboración de unos amigos, entre
ellos una alumna del Instituto, a los que agradezco que nos hagan
revivir esa música que en diferentes etapas nos acompañó. En esos
momentos la palabra se convertirá en música y nos trasportará a esos
años que quiero hoy hacer fluir en nuestras mentes.
No he querido
centrarme en datos de nuestro pueblo y entornos, ni en trabajos de
nuestros ancestros, como ya dije, ya bastantes comentados en otros que
me antecedieron. Quiero que éste sea una vivencia de algo que
tristemente estamos olvidando, que en algunos casos ya se han ido de
nuestro intelecto pero que quiero la rememoren conmigo desde sus
asientos , volviéndonos a situar por unos momentos en esos años de
necesidades pero que no por ello bastantes alegres, participativos y
sobre todo, años en los que el pueblo tenía vida y digo eso porque nos
veíamos de forma frecuente y participábamos en los actos que se
organizaban, bien como meros espectadores o como partes involucradas de
nuestro Máguez.
Siempre recogíamos o
intentábamos recoger la semilla que nuestros mayores sembraban, esa
sapiencia que muchos añoramos que en algunos casos se ha perdido y que
en otros está a un paso de la desaparición o del olvido si no somos
capaces de recoger y transmitir ese sagrado fruto que nos acompañó
durante nuestra niñez y gran parte de nuestra adolescencia. Esa
transmisión de conocimientos que se hacían de boca en boca, de hecho en
hecho, esa fe que nunca perdieron nuestros ancestros y que les mantuvo
siempre firmes ante las adversidades e inclemencias.
Era una lucha
continua pero firme para mantener la semilla de la esperanza, de la
dignidad , del trabajo diario (con que nosotros vivimos), ese paso
osado, firme , atrevido , para sacar el jugo a una tierra agradecida,
que aún en épocas de hastío siempre se veneraba porque ese poquito era
el sustento de una familia, del pueblo, de todo la comunidad.
Esos valores son los
que parece que para nuestros adolescentes no tiene ningún significado.
Triste realidad, aunque ese magnífico legado que nos fueron trasmitiendo
año tras año, se va apagando con esta época de las nuevas tecnologías,
con el aletargamiento de nuestros jóvenes y de muchos de nuestros
gobernantes que hacen que esta llama se esté extinguiendo cada vez más,
que nuestro pueblo no tengan ese destello que les haga revivir y en
definitiva ser el pueblo que sin necesidad de ningún rocío o lluvia
intensa, sin impedimentos de ningún tipo, resurja y vuelva a ser o por
lo menos se parezca, a ese que muchos vivimos.
El
pueblo tenía vida desde muy temprano , ese despertar con el canto de
los gallos, el balar de las cabras, el ladrido de los perros, ese paso
pausado de los burros, ese saludo cordial de los vecinos, el olor a pan,
eso es impagable e irreconocible hoy en día.
El
ver la mayoría de los terrenos cultivados (papas, cebollas, frutas
diversas, cereales, legumbres, etc,) ¡quién lo viera hoy¡, raro contarlo
pero también el no vivirlo, el olor matutino de la limpieza de
corrales. ¡Ese era el otro Máguez¡, era otra vida . El ir cada día
con el burro a recoger hierba, alfalfa, cebada, etc, para las cabras, o
traer en el vaso las lentejas, el millo , los chícharos que se hubiesen
recogido previamente con el frescor del sereno para evitar que
perdiesen su grano. Era una vida diferente pero que realmente los que
la vivimos echamos algo en falta sobre todo esa tranquilidad, ese
espíritu de sacrificio por supervivir y progresar con medios ínfimos,
era nuestra forma de sobrevivir a una época.
Máguez, también fue uno de los pueblos que hasta cierto punto podrían
considerarse autosuficientes:
Teníamos sastrería, taller de costura, zapatería, panaderías, heladería
ambulante ( sobre todo los fines de semana y días de fiesta), molina de
gofio, industria de transformación de la tunera para uso animal, tiendas,
librería, bares, un joyero que nos venía desde Arrecife algunos fines
de semana, pescado fresco en coche de reparto por las calles del pueblo,
tejidos diversos con vendedores ambulantes que iban de casa en casa, y
también se practicaba el trueque con los vecinos de La Graciosa, les
dábamos nuestros productos de la huerta o de los animales a cambio,
muchas veces, de pescado fresco, de jareas, de pejines, etc y de alguna
que otra pardela, bueno esto último se me escapó, espero que haya
prescrito después de tantos años y no tengamos ningún tipo de problema o
denuncia.
Creo
que analizando todo con lo que contábamos en esos momentos, nuestro
alcalde, podría reivindicar algún reconocimiento para este pueblo ya
que como hemos observado por los detalles mencionados, fue el
precursor de las grandes zonas comerciales. (por supuesto mucho antes
que los Hiperdinos, Spar, o similares).
Mis palabras de esta
noche van encaminadas a intentar despertar de nuevo el ánimo y la
alegría, es decir la vida del pueblo con algunos de mis recuerdos que
son los de muchos de ustedes, en diferentes etapas, desde mi niñez
hasta bastantes años después de la adolescencia.
Vamos
situarnos en dos puntos clave de nuestro pueblo: La Plaza y la Sociedad
( hoy llamado Centro Democrático), pero que para nosotros seguirá siendo
la Sociedad.
La
Plaza, lugar del paseo dominical tras la misa del mediodía , ¡cuántas
caminatas arriba y abajo hacían nuestras mujeres cogidas del brazo¡,
lugar de muchos de nuestros juegos, recordamos sobre todo los de
nuestras fiestas principales : las carreras en bici para coger las
cintas, las manzanas en un caldero de chocolate que habían que sacarse
con la boca ¡hay que ver como quedábamos en ese intento¡, las piñatas,
etc y cómo no, las carreras de burros. Aquí quiero contar el curioso
caso que pasó con la burra de uno de nuestros vecinos. En una de las
carreras que se organizaron por las fiestas del pueblo, al darse la
salida este animal arrancó como Fernando Alonso, siguiendo un símil de
fórmula uno, pero ella se marcó su propio circuito que no era otro que
dirigirse a su corral , por más que el jinete intentó que retomara el
camino, ésta siguió su rutina diaria pero sin respetar los límites de
velocidad, sorteando todos los obstáculos que encontraba y gracias que
en ese momento su cuadra estaba cerrada porque si no al jinete hubiese
perdido algún miembro corporal. Por supuesto que dicho jinete pidió
excedencia durante algún tiempo para recuperarse del susto.
De
esta Plaza recuerdo además los olores de los diferentes bares y también
las interpretaciones que domingo tras domingo nos hacía nuestro trovero
particular (ya tristemente fallecido) acompañado de su guitarra. De él
recuerdo que me hizo conocer la décima, también llamada punto cubano.
Años después le insistí bastante para recopilar sus interpretaciones,
pero para mi pesar nunca lo logré ya que una vez que dejó la guitarra no
quiso saber nada más de música.
¡Cuántos
recuerdos en nuestra plaza, hoy calle Portillo Bonilla¡
El
otro lugar a destacar es la Sociedad, para algunos en momentos, fue
nuestra segunda casa. Allí es donde tuvimos nuestras mayores vivencias
de juventud.
Pero,
quiero ponerme un poco de orden. Vamos por etapas.
Para
los pequeños la vida social y la diversión se compartía entre las calles
de tierra y la sociedad. Las calles sin asfaltar eran nuestros estadios
de fútbol donde emulábamos a Iribar, Amancio, Tonono, es decir a
nuestros Messis de la época. Eran también nuestras canchas de bolas,
nuestras zonas de juegos tradicionales ( el marro, la tángara, el
boliche, la cogida, el escondite, la piola, etc) ¡y como no¡, también
eran los campos de batalla de nuestras guerras particulares.
De
esa época infantil recuerdo las batallas que hacíamos en la calle Tahoyo
o en la calle de abajo, después de ver las películas bélicas en nuestro
querido cine ambulante. En ellas para que el disparo fuese efectivo
pactábamos la distancia, en esos momentos lo misiles teledirigidos
carecían de detonador. Claro, esa distancia era efectiva según fuese el
que disparara con nuestras armas sofisticadas( palmeras, pistolas que
hacíamos con madera, algún hierro que previamente habíamos preparado
en casa dándole forma de revolver, o cualquier objeto en desuso que nos
pareciese útil para esa “guerra” ), como digo, el disparo a veces no era
efectivo porque nuestro topógrafo particular decía que a esa distancia
el tiro no le alcanzaba, y eso a pesar de afinar bien nuestra puntería y
del esfuerzo que nuestros labios hacían para hacer el sonido del disparo,
muchas veces ese esfuerzo era infructuoso, y casi nunca teníamos buen
final pues rara vez aceptábamos ser el perdedor.
El
problema mayor que teníamos en nuestras batallitas de las calles, era
el intentar reproducir, de la mejor forma posible, las películas del
Oeste, esas de indios y vaqueros, sobre todo el hacer las escenas de
los días en que las películas comenzaban con los caballos y
protagonistas con las patas para arriba y las cabezas hacía a bajo,
ardua tarea nunca conseguida. Pero que en nuestro cine /sociedad si se
lograba con la paciencia del operador de turno y la de los que
asistíamos a la sesión, pues tenía que comenzar de nuevo dándole la
vuelta a todo el royo de la película, para después reiniciarla. Ese
momento sería el descanso en los cines actuales pero al inicio de la
sesión y sin palomitas ni refresco,
No
crean que todo eran tiros, después de las películas de Marisol, lo que
tocaba era el paseo con las chicas en la calle de abajo donde hacíamos
nuestros enamoramientos particulares, por supuesto siempre a media tarde
y nunca de noche.
De
esta época “guerrera” eran también las partidas de cartas ( el burro, la
brizca, la ronda robada, etc ), la música de la rocola, los juegos en
grupo, sobre todo el del fosforito en el cual descubríamos todas
nuestras intimidades infantiles. Y como no, los “teatros caseros”.
Teatros en los cuales a veces teníamos disputas y ¡cosa curiosa¡ no
por ser actores principales ni secundarios, sino por ser los encargados
del telón, ya que era un puesto de privilegio, figúrense la relevancia
de ese trabajo, sólo con pensar que al otro lado se cambiaban las
chicas, con lo cual no es necesario ser más explícito. Y como no las
canciones de corro ( yo tengo un castillo, don gato, la chata virigüela,
etc), las cuales interpretábamos bastantes veces en este salón.
¡Qué
recuerdos nos traen estas canciones¡
Como
ya dije, en la Sociedad convergían todos nuestros encuentro de fin de
semana, sobre todo en la época de estudios ya que eran los únicos y
deseados días en los que nuestras ilusiones parecían cumplirse en los
ratos de charlas, contándonos nuestras anécdotas sucedidas en los días
de ausencia, los chistes que íbamos aprendiendo, y como no, chismorreos
surgidos esa semana.
Desde
aquí también un recuerdo grato a los diferentes conserjes que tuvo este
Centro, sobre todo por las perrerías y pequeñas ruindades que les
hicimos pasar. Desde escondernos en el escenario sorteando las
diferentes puertas unas por su parte y otras por nosotros evitando que
nos atrapara, hasta la sigilosidad con que nos colábamos a veces en los
bailes, aunque muchas veces estos intentos eran baldíos dado que una vez
dentro éramos localizados y … otra vez a empezar.
Me es
muy grato recordar también, los dos postigos más célebres del pueblo
cuando había asalto con motivo de alguna fiesta. Se preguntarán
que cuales eran. Pues seguimos en esta Sociedad y eran los dos de la
ventana que tenía el salón del teatro hacía nuestra llamada Plaza y que
eran causa de disputa, de empujones, y de contención urinaria porque si
nos íbamos ya perdíamos las posiciones privilegiadas que tal vez ese día
habíamos conseguido con esfuerzo. Pero, ¿qué tenían de importante esas
postigos?, ser un punto de observación privilegiado para ver a nuestras
orquestas del momento interpretando los últimos éxitos nacionales e
internacionales y sobre todo el ver a nuestros mayores bailando. Allí
muchos de nosotros, intentábamos emular mentalmente la forma de bailar y
sobre todo el protocolo de invitación, y ¡vaya si la conseguimos
cuando ya fuimos más adultos y nos permitieron entrar al baile¡.
Creo
que nuestra forma de invitar a bailar se mantuvo idéntica a las
anteriores generaciones, podemos decir que fue un calco de ellas:
Primero tocaba la observación de los bancos con las jóvenes del pueblo
y las visitantes.
Luego
venía el proceso de deliberación: ¡yo ésta , tu aquella, él la otra,………..
¡
Después la mentalización y por último el más complicado ¿ quién era el
valiente que se ponía al frente de la tropa para dirigir el ataque?: ¡tu
primero, luego él, después yo¡, ¡no, que no¡, ¡primero tu y luego yo………¡.
y así un buen rato, cuando terminaba el precalentamiento y nos
decidíamos, allí iba todo el retén con murmullos a lo bajo diciéndonos
¡recuerda, tu aquella y yo la otra, no te olvides¡.
Después
de sortear parejas bailando, llegábamos al objetivo y ¡oh, desgracia¡,
la pieza había terminado. ¿Dónde meternos?, ¡qué vergüenza¡, ¡la culpa
fue tuya por no entrar pronto¡ nos decíamos esas y otras bondades, pero
visto el éxito no nos quedaba más remedio que mantener las apariencias y
quedarnos en esa zona para empezar el ataque cuando se iniciara la
nueva interpretación. Ya con el paso de los meses esa timidez se fue
superando y hasta nos atrevíamos a recorrer la pista de lado a lado
bien rufos y tunantes interpretando las canciones que nunca podían
faltar en un buen baile.
¡Qué
años más entrañables ¡.
Este
Centro también fue para muchos de nosotros, además de donde aprendimos
a bailar, de donde veíamos el cine, era también donde los domingos
después de misa y alguna tarde echábamos las clásicas partidas de truco,
ronda, envite, subastado, napolitana, dominó. Costumbre que también
hoy se ha pasado al olvido después de que muchos de nuestros mayores
fueran falleciendo que quizás eran los que mantenían vivo los juegos de
cartas tan variados que habían. Las generaciones posteriores no fuimos
capaces de seguir con esa costumbre creo que en parte debido a la
salida del pueblo para residir en otros lugares. Pero siempre nos
quedará muchas de las enseñanzas de esos viejos socarrones con sus
triquiñuelas para engañarnos en el juego. Eran auténticos tahúres no en
la agilidad manual sino en la del léxico. Sus juegos de palabras te
prestaban a confusión y a errar frecuentemente. Pero con el tiempo
pasamos de aprendices y ahí se las cobrábamos con creces y con algún que
otro enfado por su parte ya que pasaron de vencedores a vencidos.
¡Y
qué decir del salón de la televisión¡, arriba en el sobrado ( como a
veces le llamábamos). La carta de ajuste a veces se nos hacía larga (es
que llegábamos antes de comenzar las emisiones para coger un buen puesto
a la hora de sentarnos). Pero sobre todo lo peor y que más odiábamos era
la dichosa lluvia del televisor, cuando mejor estaba la película venga a
llover y enseguida a llamar a nuestro conserje de turno pues no
podíamos perder lo más interesante.
Allá
se subían a la azotea y venga a orientar: ¡más a derecha, un poco más. ¡
Para, para ahí¡, ¡ espera, espera, no bajes aún que se puso otra vez
mal¡, ¡un poco a la izquierda¡, y así cada dos por tres; pero nos
adaptamos a ello y si no se veía la tele, hacíamos nuestras pequeñas
ruindades: a correr o a jugar en el sala.
Habitualmente
a uno le tocaba el vigilar la puerta, pero a veces se olvidaba de que
era el vigía de turno y se sumaba al juego. Con la llegada imprevista
del conserje ¡a correr se ha dicho¡, ¡pies para que os quiero¡
Nuestras
salidas en caso de apuro era saltar hacía el solar que había junto a la
antigua iglesia y que además recordarán que era colindante con la
Sociedad y para lo cual incluso teníamos preparado una pequeña
escalera de piedras.
Uno
de esos días en que salimos a tropel, coincidió con que en la sala
había bastante gente viendo la tele y a la hora de correr tuvimos la
desgracia que muchos fueron hacia nuestra salida secreta y por ella
solamente podían bajar de uno en uno, pero era tanto el desespero porque
venía el conserje que algunos saltaron olvidándose de la pared
habilitada y a Dios gracias que las malvas, cenizos y más hierbas
amortiguaron el golpe, pero los menos atrevidos, entre los que me
incluyo, nos tocó esperar en turno de escapada.
Como
era de noche, ante nuestro desespero y como parecía que no terminaban
de bajar nos cogimos del cable que llevaba la corriente del motor de la
Sociedad hasta todo el recinto y ¡para que fue aquello¡, ¡no quiero ni
acordarme¡, pues el cable estaba pelado y sin ninguna protección en
nuestra zona de agarre, imagínense como fue nuestra salida de la
sociedad. A partir de ahí no quisimos saber más de muro de la iglesia,
ni de azotea de la Sociedad
Otra
anécdota curiosa y quizás hoy graciosa pero que en su momento nos costó
a algunos un gran disgusto fue cuando, de nuevo en nuestra especial sala
de televisión, nos pusimos, una vez más, a jugar y correr entre las
sillas y bancos que allí habían. Claro, como de nuevo había que huir
para evitar que te cogieran, algunos salieron corriendo por los
escalones en dirección a la calle. Arriba quedamos unos pocos y como
era lógico o eso creímos, pensábamos que los que bajaron tendrían que
subir a seguir viendo la tele, y esa iba a ser su perdición. Pero la
desgracia y la perdición fue para mí y para algunos que quedamos en el
sobrado.
Unos
se escondieron al fondo y a mí me tocó ser el vigilante de la puerta.
En esos momentos pensé, ¿y por qué no además de vigilar, atrapo
algunos de ellos?, me llevaría todas las medallas. Dicho y hecho, así
fue. Oímos unos pasos subiendo y ¡todos a sus puestos¡. El mío era
detrás de la puerta, por tanto me tocaba atrapar al desdichado, y bien
cierto que lo atrapé, me agaché y según entró me tiré a su pierna y allí
quedé pegado como lapa de buena marea. Pobre de mí y del resto, cuando
levanto la cabeza, la pierna que tenía agarrada era la del conserje
que con el escándalo que se oía desde la saja de juego de baraja que
estaba debajo, vino a poner orden. Allí nuestras caras y la mía en
particular, cambió de color en un instante y nuestra carrera escalera
abajo creo que sería hoy en día irrepetible, sobre todo porque nos
olvidamos del número de escalones que tenía. Como pueden suponer
desaparecimos del lugar ese día y algunos otros más para evitar males
mayores.
Recordar también el festival de la canción de Máguez, al que acudieron
aspirantes a estrellas de toda la isla. Se hizo en nuestra recordada
verbena, y para darle realce, que era como tenía que ser, no sólo
hicimos las clásicas banderitas con papel celofán y que luego las
pegábamos con harina en los hilos de bala, como era habitual hacerlas
para las fiestas, sino que además cogimos las alfombras rojas de la
iglesia ( tras previo permiso de nuestro párroco de turno) y las pusimos
unas en el escenario y otra parte en el suelo, aquello parecía la
celebración de los Oscar de Hollywood, tuvimos hasta presentador de
postín, creo recordar que Juan Díaz, locutor de moda en la Isla en esas
fechas.
Como
no, decirles que también en el pueblo un grupo fuimos contestatarios
con nuestras autoridades tanto civiles como eclesiásticas, creo que sin
quererlo, reavivamos algo del antiguo pleito Máguez/Haría.
Un
día nos reunimos y pensamos (creo que también en este salón de la
Sociedad, tal vez estaría merodeando el espíritu de Fornas en ese
momento¡), ¿por qué en Haría se hacían alfombras de sal y aquí no?, ¡esto
no puede ser¡. Fuimos al cura y se lo comentamos pero aunque no lo vio
con buenos ojos, ¡nosotros para adelante¡. Hablamos con el alcalde y
nos puso una carretada de sal con la que se elaboraron algunas alfombras.
Así durante algunos años se estuvieron haciendo también en Máguez
Igual
sucedió con el día de navidad, ¿en Haría sí y aquí no?. De nuevo nos
movimos, nos pusimos a buscar sábanas para túnicas, a cortar cartones
para los gorros de romanos, pìrganos con puntas de cartón imitando
lanzas, etc y así se logró que en Máguez se hiciese también esa
representación.
Está
claro el dicho de “que querer es poder”.
También el Teleclub teníamos que ponerlo a funcionar como entidad
cultural, educativa o lo que fuera. Buscamos locales y logramos que nos
cedieran una de las escuelas de abajo (en la que se hace las votaciones
en los días de elecciones). Cada semana había que ir a traer cartones de
huevos de una pastelería. Así durante muchas semanas hasta que logramos
cubrir todo el local para insonorizarlo. Había que pintar los cartones
para que luciera bonito y con buena apariencia. Pedimos un compresor al
Cabildo y a pintar cartones sin tener ni idea del funcionamiento de ese
aparato, pero los resultados fueron aceptables. Además conseguimos
equipo de música, televisor y algunos libros para la biblioteca y se
hizo una inauguración con orquesta en el patio central de las escuelas.
Pero como tantas cosas la continuidad fue efímera sobre todo por
nuestros problemas de estudio y trabajo.
Todo
esto que les relato con un poco de humor, para nosotros representaba
muchísimo, sobre todo el encontrarnos un gran grupo de jóvenes para
hablar, sacar ideas nuevas, contar anécdotas, es decir convivir y por
consiguiente darle vida al pueblo.
Pero,
nos vamos haciendo más adultos, nuestras vidas ya tienen otros destinos
y nos toca repartirnos por diferentes puntos de nuestra geografía
insular e interinsular. Algunos salimos a otra isla para terminar
nuestros estudios superiores pero en mi caso con mi mente siempre en mi
querido pueblo de Máguez.
Permítanme que aproveche este pregón no solamente para darle las gracias
a nuestras Autoridades Municipales y a la Directiva del Centro
Democrático por tener esta deferencia hacia mi persona, sino también
para tener un recuerdo muy grande a mis padres y hermanos por
inculcarme el amor a esta tierra, vida de nuestros ancestros, pero
también por enseñarme que había que complementarlo con una formación
académica porque la sociedad iba cambiando y era necesario para labrar
nuestro futuro. Otro enorme recuerdo hacia mi hermano José Luis (ya
fallecido), persona amante de las tradiciones y que nos hizo vivir y
conocer a muchos jóvenes de este municipio la pasión por nuestro
folclore, en esas veranos y demás vacaciones, en los cuales y
precisamente en esta Sociedad nos enseñaba a bailar Isas, folías,
malagueñas,….. acompañados de un viejo tocadisco que hacía las veces de
parranda.
Siempre le agradeceré el haberme abierto la puerta hacia una de mis
grandes pasiones, a la cual posteriormente he dedicado más de la mitad
de mi vida. Creo que si algún día se descubren los cimientos de la A.F.
Malpaís de la Corona, en la primera piedra, allí deberá aparecer su
nombre.
No quiero olvidarme
en este día de innumerables recuerdos, uno importantísimo al que
dediqué 33 años, con muchos momentos fantásticos, con innumerables
amigos, algunos ya fallecidos pero que también pusieron una pequeña
semilla para que llegara a convertirse el algo que siempre consideraré
muy grande, y que es la A.F. “Malpaís de la Corona”. Esa convivencia
durante tres décadas con muchos de este y otros municipios, te marcan
para siempre. Para ellos también mi recuerdo.
Para mi esposa e
hijo porque han sido siempre cómplices de ese regreso al pueblo y de
muchas de las actividades en las que he participado.
A los vecinos y
amigos/as del pueblo, a los que gracias a ellos pude realizar todo lo
mencionado: las vivencias, las anécdotas, es decir todos esos momentos
de buenos recuerdos y a los que he obviado sus nombres para evitar
olvidarme de algunos.
Para terminar
desearía que por unos momentos seamos todos pregoneros, es decir
trasmitamos a las generaciones venideras esos conocimientos que tenemos
guardados y que estoy seguro que sabremos moldear y adaptarlo a este
siglo,
Un pueblo culto es
también aquel que recoge y trasmite todo el legado de nuestros
ancestros.
Dejo
mi última mención para Santa Bárbara.
A
nuestra querida y protectora Santa
Que
también lo es de artillería
Gracias por mandarnos el agua
¡ y
no te olvides de la lotería¡
¡Querido pueblo de
Máguez, gracias por escucharme¡