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Desde el caserío de Ye al pueblo
de Máguez hay un buen tramo montuoso, que encarna la delicia más
apetecida por el viajero. Los paisajes cambian continuamente,
verdaderas maravillas de color y matices según las horas del día.
Por esta comarca norteña, a la que hace más de trescientos años
llegaron los moros para razziar impunemente, se ven
edificaciones de típica construcción mozárabe, viejos y
solariegos edificios que aguardan al historiador de la
arquitectura mora-cristiana de Lanzarote.
Dejando tras sí al volcán de La
Corona, que ahora se destaca trágicamente, llega uno a las Peñas
del Agne, cuyas extrañas resquebrajaduras parecen prontas a
deshacerse a la menor brizna de viento. Desde estos cerros
tortuosos, desiguales, se ve la tierra como un gran Belén de
paz y tranquilidad, no sin algo de misterioso deleite al
contemplar en la lejanía un mar de ensueño, profundamente azul,
en el que rebaños de nubes blanquísimas parecen pastar. Cerca
verdean las laderas de Los Helechos, y la montaña de Los Llanos
traspone desnuda, gris-azulada, hacia el malpaís de Máguez, que
se inicia con las tristes Peñas de Los Cardos. Y al fondo, acá
de la costa de Poniente casi paralelo al riscadero del Gallo, se
abre y se despereza el blanco caserío de Máguez, que acaso no
sea hoy más que una prolongación del bello pueblo de Haría.
Llegar a Máguez sorprende por la verdadera explosión vegetal que
lo abraza. Todo parece estar impregnado del verde primero,
suave, fresco y uniforme; toda la labrantía se alinea según el
acabado trazo de los testes, que van trepando lomas y laderas
con inverosímil agilidad; todo en Máguez es un canto a la
geometría hecha surcos, o trazos rectangulares, o semicírculos
perfectos, mientras la tierra antoja estar invadida de alegres y
fecundas promesas. Entre montañas se ven los frutales, y
árboles añosos, entre los cuales hay abundante caza de perdices,
y viejos rumores que hablan misteriosa.. mente de las
sangrientas rapiñas llevadas a cabo por los moriscos, que por
estas alturas lanzaroteñas se hicieron fuertes contra las
reducidas fuerzas de don Agustín de Herrera, gran cristiano y
excelente castigador de los infieles. Se dice que el valiente
Marqués de Lanzarote, entre el estrépito de alfanjes y
cimitarras, cantaba báquicas canciones para estimular su
peculiar y alegre valentía. Las viejas consejas de Máguez
proclaman que prestando gran atención puede oírse todavía,
taumatúrgicamente exhumada, la cantiga de don Agustín:
«Los soberbios alcázares alzados
en los latinos montes hasta el cielo,
anfiteatros y arcos levantados
de poderosa mano y noble celo,
por tierra despartidos y asolados
son polvo ya que cubre el yermo suelo...».
Si bien es verdad que tales versos
pudieran haber sido inspiración del flamante Marqués de
Lanzarote, no menos cierto es que los dichos son originales de
Pablo de Céspedes, nacido en 1538 y muerto en 1603, dos años más
joven que don Agustín de Herrera, quien pudo conocer el poema de
Céspedes titulado «El arte de la pintura» y al que pertenecen
los versos que las consejas de Máguez ponen en boca del primer
Marqués de Lanzarote.
Las casas de Máguez conservan el
tipismo de la primitiva arquitectura canaria, y parecen
edificios adecuados para luchar contra factores desfavorables de
la climatología, en Lanzarote innecesarios por inexistentes. El
objeto principal de estas casas antoja estar basado nada más que
en la salvación de las cosechas, con sus graneros altos, y sus
barbacanas al modo mozárabe. Como típica construcción ahí está
la iglesia de Santa Bárbara, guarnecida por una enorme barbacana,
más propia de fortaleza moruna que resguardo apropiado. Tiene
este muro un grosor considerable, con arco y calvario encima,
cuyo portalón herrado es digno de estudiarse. Todo el patio
interior está poblado de mimosas y geranios floridos
contrastando todo con la humilde edificación de la ermita que
preside la Virgen de Nicomedia.
El hombre de Máguez es un tipo
raro y enconado de empeños. Se marcha de Máguez, a pesar de la
buena tierra, no para nuevos mundos donde hacer for tuna, sino
al Puerto del Arrecife para abrir bares de pescado frito y vino
bautizado. La capital de Lanzarote anda repleta de bodegones de
Máguez, de tal cual «café» de Máguez, o de pensiones de Máguez.
Acaso en Arrecife viva más gente de Máguez que de cualquier otro
pueblo. El hombre de Máguez siente un miedo profundo por el
futuro y no quiere quedarse en su casa, ni en su buena tierra,
porque cree a machamartillo que en Arrecife hace dinero llenando
de vino los estómagos de los roncotes. Y así es, en efecto. El
hombre de Máguez, en su dramático huir del campo, lo vemos día
y noche despachando vino, dorando en la sartén en olorosas
menudencias del mar, lavando y fregando, y haciendo camas en las
que él no se acostará nunca. Es que este hombre se desvive por
hacer unas perras, cuantas más mejor, aunque eso signifique
pérdida de salud. Se priva de toda distracción, de toda
tranquilidad, con tal de poder contar a fin de mes con un par
de duros libres de polvo y paja. En fin, el hombre de Máguez
vive muriendo a brazo partido en medio de la agónica
incertidumbre que para él significa el futuro. Empero, cuando la
suerte les sonrió fácil, o pronta, se les suele ver ganduleando,
pero sin gastar una sola gorda de sus sacrosantos ahorros. Ni
fuman ni beben de su bolsillo, aunque fuman y beben cuando Dios
les hace alguna merced de manos ajenas.
Empero, la mujer de Máguez afronta
el vacío que deja el éxodo del varón y con el espinazo doblado
sobre la tierra cumple la dura faena cotidiana. Por eso, muy de
mañana, se asombra uno de ver recuas de alegres mozas
madrugadoras, que cargan los instrumentos de labranza para
hacerse más fácil la labor, indisputablemente propia de
hombres, de esos hombres a los que la tierra paradora de Máguez
no acaba de enamorar. El paisaje se embellece y por dondequiera
pasan dromedarios basculantes con sus respectivas rastrillas de
hierro, que luego arrastrarán tardos y tontivanos haciendo la
escarda en los enarenados que todavía no tienen semilla. Más
allá, en una parcela que parece colgada de una loma, varias
mujeres, de cara a la tierra, cumplen con la máxima evangélica,
cual es la de separar a tiempo la mala hierba de la buena mies,
porque la pobre mujer de Máguez sabe además que de esa mies
habrá de comer pan durante todo el año.
Los enarenados del norte insular
son ricos, y en ellos se cultivan milagrosamente aquellos
productos que siempre necesitaron grandes volúmenes de agua, que
en Lanzarote no existen. La alfalfa de Máguez resulta una
producción milagrosa, aunque los rendimientos no sean tan
óptimos como donde se cultiva con regadío. Sorprende además el
cultivo de la patata de verano, imposible en otros lugares de la
isla porque las condiciones climatológicas lo impiden. Máguez
cultiva la patata en gran escala, gracias al esfuerzo de su
mujer laboriosa, que no escatima agobio con tal de ver a
principios de julio la pulpa hermosa asomando entre la tierra.
Pero, sin embargo, lo que tiene y da más fama a Máguez es la
papa de Navidad, o temprana, cuyo sabor es imprescindible para
el compuesto de los cabritos recién nacidos que se comen la
Nochebuena. Esta papa de Navidad es tan estimada que se agota
casi sobre la misma tierra, adonde van a buscarla pobres y
ricos dispuestos a celebrar con buena cena la venida de Nuestro
Señor. ¡Qué tierra ubérrima la de Máguez sin recibir amor de sus
hombres! Ahí está ese pequeño y delicado ejército de mujeres
minando el suelo, entretanto sus «gallegos» se van por esos
mundos con la rara ilusión de abrir en cualquier sitio un «café»
un bodegón o una pensión. ¿Vuelven al campo? Pocas veces...
Acaso, viejos y fracasados.
En cada casa de Máguez hay
prácticamente una viuda, siempre al atardecer sentada delante de
la pequeña puerta, rodeada de geranios y de nopales, soñando la
tierra que sus manos enguantadas de mahón han trabajado:
«se arregla las puntas del pañuelo
y carraspea un desgarro».
¡Santa mujer la de Máguez, que
soñando al varón lejano logra sustituirlo para fecundar a la
buena tierra! |