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Nos
asomamos a contemplar el valle de Maguez, que se despliega, muy
próximo a Haría, como un magnífico tapiz color esmeralda; más
bien, como una serie de tapices en gradaciones o degradaciones
del mismo tono.
Encuadrado
entre colinas graciosas, suave oleaje del terreno, palidece bajo
las moribundas luces de la tarde. Una Arcadia feliz. Otro rincón
de calma seductora y fausto vegetal amenizando la esquivez de
los eriales de Lanzarote.
Las sombras caen con suprema
melancolía, se derraman lentamente sobre el valle escondido que
recoge las postreras luminosidades purpúreas, último beso del
sol. La muerte del día es solemne—ya lo he dicho,—en estas
planicies regadas de lava, entre la paz de un cielo alto,
profundo, vidrioso, y el silencio de una tierra huraña, muerda
de sed. Pero aquí, ante Maguez, en medio de los campos
cultivados y alegres que elevan cien rumores, cobra la puesta
solar una pompa escénica, indescriptible... El espacio está
claro, las cosas muéstranse bañadas en tina luz dulcísima que,
al agonizar sin estertores, tiene el encanto prometedor y
generoso de un hasta luego. ¡Un bell morire! No se experimenta
la angustia de esas despedidas crepusculares que, en las
regiones devastadas e inhabitadas de la isla, dan ganas de
llorar.
Siguiendo
a una pareja de uncidos camellos, grave y digno como un
patriarca hebreo, pasa junto a nosotros un labrador. Lleva el
arado a cuestas como una cruz, nos dirige una larga mirada que
parece una súplica, y nos saluda, ceremonioso:—Santas y buenas.
Buenas y santas, le respondernos. El hombre primitivo se detiene
a encender un cigarro, con la misma pausa que pone en todos sus
actos, en todos sus movimientos cual si nunca tuviera prisa.
Y no la tienen, en efecto, los
campesinos de Lanzarote. Su actitud es de expectación, de
contemplación. Esperan la lluvia, esperan la cosecha, sin
impacientarse. La costumbre de esperar resignados les da no sé
qué aspecto de estatuas que se movieran por modo milagroso.
Cuando caminan llevan el mismo paso de los dromedarios calmosos,
creyérase que tienden a la yacencia meditativa.
Ha llovido,—nos dice con la misma
expresión que podría decirnos:---iEureka! Dios ha hecho un
milagro.
Por
la mañana habían caído cuatro gotas. Lágrimas perdidas. Ni
humedecieron nuestros rostros, ni las aprovecharon las
sementeras.... |